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lunes, 29 de marzo de 2010

Cuentos de la 13 Rue del Trinque

No me llames Padre, llámame Vicente.

La iglesia era lúgubre, fría y tenebrosa. A Rafael y a sus amigos no les gustaba la iglesia, pero eran obligados por sus padres a asistir todos los domingos y festivos a misa de 11. Y desde hacía ya un par de meses, además, debían asistir al atardecer a las clases de catecismo que el párroco Don Vicente les daba para que pudieran celebrar la primera comunión. Rafael era un niño despierto y deslenguado. No porque dijera palabrotas o expresiones soeces o mal sonantes, sino porque respondía cuando le preguntaban y cuando no, sobre todo cuando algo de lo que escuchaba no le convencía o le parecía contradictorio o incongruente. A Don Vicente no le gustaba que Rafael respondiera siempre y le pusiera en compromiso. Hacía muchas preguntas de difícil contestación y los demás niños se reían cuando Don Vicente balbuceaba las respuestas. Los capones, tirones de orejas y hasta pellizcos con mechones de pelo asidos entre los dedos, no surgían efecto. Rafael era de esos niños que no se callan ni debajo del agua y siempre dicen la última palabra.
Habitualmente Don Vicente después de la catequesis les decía a Óscar y a Rubén que se quedasen. Rafael sentía una gran envidia porque a él nunca le tocaba quedase a ayudar a ordenar la sacristía y a comerse los restos de las hostias una vez cortadas. Tanto Óscar como Rubén se quedaban pálidos cada vez que el páter les agraciaba con la “suerte” de después de la catequesis. Nunca contaban nada a sus amigos y éstos pensaban que su actitud se debía a que mientras ellos se iban a jugar al escondite, ellos debía quedarse a ayudar al párroco.
Un día, el cura sorprendió a todos con la elección. Hoy sólo se quedaría un niño a ayudarle con la sacristía. Y además tendría el honor de poder ver el tesoro de la iglesia. Para poder quedarse deberían portarse excepcionalmente bien y contestar sólo cuando el páter preguntara. El que mejor se supiera la vida y obra de Jesús sería el elegido. Sorprendentemente la “suerte” tocó el corazón de Rafael y éste no cabía en sí de gozo.
Cuando se quedaron a solas, Don Vicente le dijo a Rafael que si quería ver el tesoro de la iglesia, debía jurar por dios que nunca hablaría de ello con nadie. Rafael juró ante un santocristo que jamás le diría nada a nadie. Don Vicente le conminó a que pasara dentro del armario dónde colgaban casullas, sallas y cinturones de borlas. Allí le dijo que se agachara. Don Vicente se agachó y se arrodilló a su lado. Le puso la mano en su entrepierna y le dijo que dios quería ver si se tocaba. Debía de sacar su pene y enseñárselo al párroco. Rafael se echó a llorar. Le suplicó que le dejara en paz, que no le tocara. Don Vicente le decía que sólo los puros podían ver las joyas de la Virgen y mientras tocaba la entrepierna de Rafael, le instaba a que sacara su miembro. Rafael lloraba y lloraba. No pudo más. De repente empujó con todas sus fuerzas al cura. Éste cayó hacia atrás. Rafael aprovecho para incorporarse y salir corriendo.
Nunca habló de lo sucedido en la sacristía. A sus amigos les dijo que las joyas de la Virgen era una maravilla. De mayor, le daba vergüenza contar su historia. Desde que se emancipó, nunca volvió a pisar una iglesia.

miércoles, 13 de enero de 2010

Dios proveerá

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Blas siempre fue un hombre taciturno, cejijunto, solitario y un poco apocado. Nunca se permitió ni un sólo capricho. Ni siquiera gastaba en lo básico. Malvivió setenta años en la que fue primero la casa de su abuelo, luego la de su padre y más tarde de él. No había muchas diferencias entre la casa del abuelo y la de Blas. Nunca quiso gastarse ni un cuarto en superfluidades como el agua corriente. Tenía fluido eléctrico aunque sólo lo usó para alumbrarse. Jamás vio la televisión de la que decía que era obra del demonio, ni escuchó la radio. Nunca osó leer un periódico aunque de chico, le obligaron a asistir la escuela de aquel pueblo castellano dejado de la mano de dios. Desde que se casó no volvió a pisar la taberna. Asistía a misa todos los días en los que se celebraba. Hacía acto de presencia en los entierros pero nunca asistía a bodas, banquetes ni fiestas mayores. Era una persona correcta y educada. Nunca se le vio discutir con nadie. Saludaba correctamente con un “Buenos días” o “Buenas tardes” cuando se encontraba con algún convecino y si alguien ponía en duda sus peregrinas ideas, le dejaba con la palabra en la boca y salía como alma que lleva el diablo. Comía todos los días a la una del mediodía y se regía por el horario que marcaba el sol. A las nueve de la noche estaba en la cama tanto en invierno como en verano y se levantaba con las primeras luces del alba, aunque después de la jubilación no tuviera nada urgente que hacer. Cavaba su huerta a pala y jamás utilizó un abono químico. Daba grandes paseos y le recriminaba a su mujer constantemente que le gustaran las telenovelas que veía en casa de su hermana, aunque nunca le alzó ni la voz ni la mano.
Blas no tuvo descendencia y su esposa murió cuando el contaba con sesenta y seis años de edad. A partir de ese momento su escasa vida social cayó en picado y se volvió aún más raro, escurridizo y maniático. Los cuatro años y dos meses que sobrevivió a su mujer fueron muy duros. Duros para él, pero sobre todo para la única sobrina que tenía que le reprochaba diariamente que no dejase que le limpiara la casa y que le increpaba por no lavarse lo suficiente y por vivir en las condiciones en las que lo hacía.
La muerte de Blas fue todo un acontecimiento en el pueblo. No por la muerte en si, porque, aunque nadie era amigo de Blas, a nadie le hizo nunca daño y los vecinos le respetaban. Pero sus convecinos siempre habían pensado que Blas apenas tenía recursos y que su mala vida se debía a la carencia de dinero. Pero al leer su testamento se llevaron una gran sorpresa. Blas era inmensamente rico. Tenía más de cien millones de pesetas en el banco, un piso en la capital y varias tierras que había ido adquiriendo en secreto. Blas le dejaba la casa en la que vivieron sus ancestros a su única sobrina y el resto de la herencia se lo donaba a la parroquia del pueblo para que levantaran el tejado de la iglesia y lo hicieran nuevo y reconstruyeran una ermita que hacía varios años que había acabado con el campanario en el suelo. Eso fue tema de conversación durante varios meses en la taberna y corrillos de los vecinos.
Resultó que pasados cinco años desde la muerte de Blas, el tejado de la iglesia seguía en el mismo estado, de la ermita ya no quedaban ni los cimientos y de la herencia de Blas nunca más se supo. El alcalde pedáneo escribió una carta al arzobispado solicitando información sobre el comienzo de las obras de la iglesia y de la ermita y sobre el uso que se le había dado a la herencia de Blas. Recibió respuesta a través del cura parroquial unos meses después. El páter le indicó que la iglesia se arreglaría si los vecinos contribuían y que ninguna ermita se levantaría sobre el solar escombrado. Los cuartos de Blas se habían invertido en una operación especulativa llamada Fórum Filatélico y monseñor los daba por perdidos.
Nunca una vida tan mísera como la de Blas había dado tanto beneficio a los pícaros capitalistas. Monseñor, el cura y los estafadores filatélicos habían despilfarrado la amargura, las penas y las necesidades con las que Blas había vivido. Sus carencias, sus ayunos y sus privaciones eran ahora los lujos, derroches y despilfarros de sus herederos.